:: Música > Sentimiento Herradureño

Edición Anterior: Manganzoides

Pasajeros del Horror presenta: Sentimiento Herradureño

Recopilación Luis Guillermo Zuleta Vega.

“Esta increíble edición en CD incluye La Historia del Surf y un cuento dedicado a nuestra
playa más emblemática “La Herradura”, Música Surf de los tremendos grupos de los sesentas, además postales (para imprimir) de olas peruanas con fotos de Lucho Romero, para que envíes a tus familiares y amigos”

Puedes adquirirlo a los teléfonos 222-4862 y el de la tienda ubicada en Galerías Brasil, 9321-8867 Av. Brasil cdra.12, Tienda 33-A, preguntar por Raúl Mix (Rudy). el precio es de 10 soles.

 

SENTIMIENTO HERRADUREÑO

¡Dejen de escribir! ¡Esperen en sus sitios a que las pruebas sean recogidas!. La voz autoritaria del exigente profesor Bernales rompió el silencio del aula, y la concentración de los ochenta y pico alumnos que pugnaban por resolver poniendo en ello toda su capacidad mental; el difícil por no decir imposible examen de estadística.

Tú que te encontrabas en las primeras filas, hiciste a un lado tu prueba y esperaste a que la recogieran; te sentías satisfecho aunque con la cabeza pesada y con sueño. Había valido la pena amanecerse estudiando, tenías la seguridad de que el resultado te sería favorable, al fin te librabas del profesor Bernales y sus rompecabezas teóricos.

Te levantaste rápidamente antes que el tumulto se adueñase de la salida, al llegar a la puerta el sol del atardecer penetró en ti hiriéndote la vista y encegueciéndote momentáneamente. Reíste pensando en lo triste que era la vida de los topos, porque ellos no pueden ver la luz. Te restregaste los ojos y miraste tu reloj, eran las tres de la tarde, “vaya tengo tiempo para surfear” pensaste.

Caminando rápidamente cruzaste los jardines del Campus Universitario. Te dirigiste a la playa de estacionamiento donde se encontraba tu amada, vieja, destartalada camioneta, compañera de innumerables aventuras y odiseas. Encendiste la radio y buscaste el informativo del estado del mar. Por él te enteraste que la reventazón de la playa La Pampilla, se encontraba entre los seis y siete pies de altura, esto indicaba que posiblemente era una de las crecidas más grandes de todo el año. Acto seguido, prendiste el motor y escuchaste el famélico ronronear de una máquina que pedía a gritos reparaciones al igual que un muerto desahuciado pide su medicina para calmar su lenta agonía. “Cuando tenga dinero te compraré un vestido nuevo muñeca, pero por ahora camina por favor, no me hagas esto hoy”rogaste.

Pusiste primera y la “vieja” fiel a la aventura se puso en marcha. Tu tabla de tres quillas y el resto del equipo iban en la cabina trasera. No dudaste, el sexto sentido que has desarrollado a través de los años no te podía engañar. Enrumbaste a la playa de playas, a la mar de mares, a la reina del océano: “La Herradura”. Usaste toda tu habilidad de conductor para escapar del denso e insoportable tráfico de la ciudad de Lima, hasta que llegaste al distrito costero de Miraflores. Descendiste por la bajada Balta al circuito de playas conocido como la “Costa Verde”.

Poco a poco el paisaje de la Costa Verde iba pasando por tus ojos, las playas: “Punta Roquitas”, “La Pampilla”, “Makaha”, “Redondo”, Triángulo”, “Ala Moana”, y así observabas con pena las antiguas rompientes donde antes reventaban olas, ahora agonizantes por el cáncer del concreto y la contaminación, la basura y los anuncios publicitarios que he-rían tu vista y desvirtuaban el paisaje.

Al fondo, en el mar se veían la líneas maquinales, una tras otra sin parar, toda la costa era una masa viviente blanca y espumosa, el horizonte acompañado de una celeste e inmaculada llanura vomitaba olas y olas. Apretaste los dientes y el acelerador, subiste por la playa “Pescadores”, tomando el serpentín que conduce a la “Herradura” y cuando entraste a la curva que está arriba del boquerón del “salto del fraile”, ¡Zas! apareció ella.

Estaba más bella que nunca, toda la orilla que va desde el club “Samoa” hasta la playita “Caplina” era ocupada por las ondas, cuyas crestas después de vencer el viento en contra, se desplomaban en forma de una sola campana. Cuadraste tu vehículo cerca del restaurante “El Cortijo”, allí donde termina la pista y empieza el ultimo tramo de malecón; giraste la llave, escuchaste los últimos estertores del quejumbroso motor, hasta que se apagó.

Inmediatamente procediste a lo que tu considerabas un ritual casi religioso, te quitaste la ropa, te introdujiste en el traje de neopreno, enceraste tu tabla y revisaste la pita elástica.
En el malecón las tablas partidas, cuyos restos se apoyaban sobre los muros, transmitían malos presagios.

Sentado al borde de un muro del malecón, mirando al piso con la mirada vacía, como buscando un porqué tu amigo, Flavio, trataba de contener con una toalla la sangre que le manaba de la cabeza, habiendo esta manchado la parte superior del traje; Te acercaste sigilosamente y le diste una palmadita. Flavio levanto la vista como volviendo de otro mundo, sonrió con ironía , en su rostro se dejó notar la vergüenza del guerrero derrotado y dijo: “Creo que tengo para siete puntadas”.

Al notar que su amor propio estaba herido, trataste de consolarlo y contestaste: “Así son los gajes de este oficio, si gustas te llevo en la “nave”a una posta médica. Flavio volvió a son-reír dejando entrever su agradecimiento y añadió:
“ No te preocupes, Diego me llevará, pero tú haz lo que tienes que hacer, es la
Ley”

Te despediste haciendo un gesto con la mano, e iniciaste la marcha mientras tus pies tocaban la fría vereda. Pensaste que el cemento no cambiaba porque
No tenia vida, él no era como el mar o el cielo que no son iguales de un día a otro, sino que son masas de formas cambiantes, traviesas e inquietas.

Caminaste y tomaste contacto con la arena que a cada paso se iba humedeciendo más y más, hasta que la mar besó tus pies; miraste hacia el horizonte buscando un momento en que el agitado océano se calmase. En ese momento una ráfaga de viento penetró en tus sienes, se incrustó en la raíz de tus cabellos, heló tu nuca y del interior trajo una voz que parecía decir: “Bienvenido, bienvenido mi mesa esta servida rebosa en manjares y viandas;
tu eres el invitado, come hasta hartarte, nútrete en el pan de mi sabiduría y en el vino de es-te conocimiento. Hoy día serás ungido y en verdad te digo que jamás...., jamás volverás a ser el mismo”.

Después de esperar un largo rato, amainó el oleaje, paro la racha, y el mar dio un resquicio, una oportunidad y te lanzaste a él remando con inusitada rapidez, no podías arriesgarte a que una serie de campanas –tubulares liquidase tus fuerzas apenas entrando. Mientras remabas, sentías como la fría agua de la otoñal estación penetraba en el traje de neoprene, poco a poco la temperatura, fue regulándose con cibernética precisión a la del medio ambiente.

Después de vadear la peligrosa zona, te invadió una inexplicable paz y tranquilidad, te sen-tías feliz de estar acompañado de esa extraña pero familiar sensación – de vuelta en casa- pensaste. Remando llegaste a la segunda sección que se encontraba al pie de los acantila-dos. Al fondo, viste como las gigantescas olas lamían la punta del morro, llevándose con su voluminosa espuma a desprevenidos tablistas, lanzando desde sus altas crestas al vacío, a otros que trataban sin éxito lograr bajar. Las olas se comportaban como inmisericordes dioses partiendo tablas, rompiendo pitas elásticas; arrasando a todo aquello que tenía la osadía o la desgracia de encontrarse al paso de su inexorable recorrido.

Los rocosos acantilados cuyas cuevas parecían fauces de hambrientos y milenarios monstruos, devoraban como aves de rapiña los restos que llegaban hasta sus pies, terminando por triturar todo lo que era triturable o que tuviese la propiedad de quebrarse o romperse en fragmentos, su apetito parecía insaciable. Ningún sacrificio parecía calmar la ira de los indómitos dioses cuya furia iba acrecentándose a medida que el astro rey declinaba en su diario reinar en el imperio de los cielos.

Algunos intrépidos tablistas lograban su objetivo de encaramarse en las furiosas olas y des-colgarse desde las altas crestas, haciendo fluidos quiebres al pie de ellas, cuyas caras verdi- azules no dejaban cielo a la vista. Era impresionante escuchar la resonancia de esa majestuosa artillería acuática, los cilíndricos “tubos” emulaban a olímpicos y míticos cañones de viento y agua, cuyos luminosos interiores eran recorridos por impresionante espuma, pisoteando esta a todo tablista que se hubiese adentrado a prohibidos lugares, y por cuyas bocas salían expelidos humeantes bufidos.

Escuchas con atención el crepitar de las rocas, que son movidas de un lugar a otro por las corrientes en los oscuros fondos marinos, como trozos de papel a los cuales el viento se lleva de encuentro. El espíritu del omnipotente Neptuno parecía estar en todas partes, dirigiendo como un director de orquesta la infernal sinfonía.

Por un momento piensas en ti, eres feliz y te consideras afortunado, te das cuenta que lo tienes todo y no tienes nada, que eres rico y pobre a la vez. Has llenado los recónditos rincones de tu alma con el polvo de los caminos y con la paz de los atardeceres. Te consideras a ti mismo como un cazador de arco iris, que busca la perfección y la gloria, en los fugaces y efímeros momentos de la creación; solo una cosa permanece, es ese sentimiento que invade tu espíritu y lo colma de esa profunda, de esa pródiga fuente de pensamientos y sensaciones que es la Mar. Delante de ti se extiende una alfombra de oro cuyos dorados reflejos se mezclan con el verdi-azul del océano, remas hacia el sol y yendo hacía él te derrites como un cirio en un templo sagrado.

Observas los farallones, ahí donde los simples ven sólo piedra tú ves imágenes y escuchas voces: si las imágenes y las voces de los hombres y lenguas de
milenarias historias que te antecedieron, cuyas raíces están en la sangre que fluye a través de tus venas, historias de tiempos pretéritos que se alojan en tu corazón y mente. Contemplas el vuelo de las aves marinas, escuchas el graznar de las gaviotas que denotan inquietud y excitación por algo que escapa a su comprensión, diriges tus ojos hacia las profundidades de las intranquilas aguas y ves como agitados bancos de peces van de un lugar a otro en un rítmico vaivén. Ya estas casi llegando a la punta del morro, cuando entra una manada de bufeos que se integran al paisaje. Los seres marinos comienzan a surcar olas, son cerca de veinte, sus relucientes y grisáceos lomos emergen y se sumergen en las aguas. En los interiores de las cuevas, algunos lobos marinos hembras pugnan por proteger a sus críos, luchan contra los largos y furiosos dedos de las mareas que se introducen y horadan la antediluviana roca.

Hasta que al fin llegas a la punta, el sol está por fundirse con el horizonte, sus rayos dan purpúreas tonalidades a la celeste bóveda, diriges tu mirada a lo alto, llegando a extasiarte con el multicolor florecer de los cielos cuya adición de colores, salen como disparados de la prismática proyección del Sol sobre el pizarrón infinito del Universo. A tus espaldas ese disco plateado que es la Luna, sonríe aprobatoriamente, las estrellas con su continúo titilar, acompañan cual princesas a la reina de la noche, en una silenciosa audiencia. Poco a poco el Sol se hunde, los acantilados brillan como broncíneos diamantes tiñendo de rojo el morro y los pechos de una bandada de gaviotas que en ordenado vuelo interrumpen tus meditaciones.

Entonces, de pronto como si mil y un órganos de una gigantesca iglesia gótica elevasen una plegaria, un fuerte y extraño sonido invadió el ambiente. Era como una oración de bienvenida a las gigantescas y perfectas olas que vienen hacia ti, seguidas de largas y psicodélicas cabelleras, cuyos ribetes le roban los colores al sol. Dejas pasar la primera, la segunda y de pronto te encuentras con ella. Parece una novia vestida de blanco, dispuesta a ser desflorada, su estela es su velo, su majestuosidad y omnipotencia raya en lo increíble. Buscas en la pared acuosa la sección más empinada te volteas, remas con decisión, das fuertes braza-das hasta que tomas la velocidad adecuada y desciendes como un elevador, llegas a la base y efectúas un limpio corte escapando de las fauces de los crepitantes labios que se precipitan como una guillotina mordiendo el lecho marino, respiras aliviado, sabes que tu primer momento fue bastante bueno, das corporeabilidad plástica a tus ideas, ejerces tu creatividad, tus ojos ven más allá de las tres dimensiones preestablecidas, hay algo de inexplicable armonía y belleza en ese instante plagado de libertad.

Continúas tu danza en la cara de la ola dejando el trazo de una línea sinusoidal tras de ti, acometes la elongación con osadía endilgando sobre su faz espirada rollers y reentres que estrellan la tabla contra la espuma y te devuelven a la larga pared verdi-azul; ingresas a la tercera sección y tu ola comienza a tomar temibles formas obloides, que forma un trepidante techo sobre tu cabeza cuyo sonido se asemeja a los cascos de caballos salvajes que corren libres por la inmensa llanura, hasta que una larga cortina de plata te cubre, estas en el interior: el tiempo, el espacio, los sonidos han desaparecido, sabes que avanzas a una gran velocidad casi sin percibirlo. Te proyectas pisando la punta de tu tabla mientras los
innumerables tonos de los colores del atardecer invaden el oblongo interior, es como si avanzases, dentro de una cúpula de multicolor cristal, por la entrada del “tubo” observas como los espíritus de otros tablistas atados a sus cuerpos, pasan remando delante de tu ola, algunos levantan los puños en señal de victoria por sus vibrantes auras notas que disfrutan tan igual que tú contemplando la singular dulzura que acompaña a la magistral maniobra marina.

Avanzas, avanzas cada vez más mientras el diámetro del “tubo” se amplía inconmensurablemente hasta que la furia de las aguas impulsadas por el imparable rodamiento, sacan de las entrañas del fondo marino arena, signo de que estas cerca de la orilla, entonces te tiras.

Tu cuerpo recibe el feroz estallido, que te aplasta hasta tocar el fondo, comprendes la insignificancia y la grandeza de la condición humana; la masa te revuelca, no sabes donde queda el arriba o el abajo. Tienes miedo porque sientes que te falta aire y cuando ya casi te crees vencido, el Mar generoso te da una oportunidad, la ola te suelta, sales a la superficie dando desesperadas
brazadas, una racha de violentas campanas te atacan, las eludes y cuando llega la momentánea calma comienzas a nadar.

La pita elástica se rompió y tu tabla está en las orilla, nadas en la oscuridad cuando llega la momentánea calma. La pita elástica se rompió y su tabla está en la orilla, sigues nadando en la oscuridad hasta que por fin llegas afuera.

Tu tabla te espera fielmente, la tomas bajo el brazo y comienzas a caminar. De pronto paras, te volteas y diriges una última mirada a la Herradura, entonces comprendes en ese instante su Sabiduría, te inclinas con humildad dentro de tu corazón y contemplas con amor esa magnífica conjunción de átomos y moléculas, esa perfecta y sincronizada comunión de mar, viento, roca y espíritus. Consideras el lugar como la residencia de las ocultas fuerzas y energías del Universo. Rindes culto a la majestuosidad de esa obra producto de la ingenie-ría divina, crees que el arquitecto e ingeniero que la hizo con sus manos amorosas, tenía pensado algo verdaderamente grande y bello para ese lugar y los seres que en él habitaran. Una ambrosía dispuesta a ser cogida sólo por aquellos que tuviesen el valor y las cualidades para hacerlo, quizás pasaste mil vidas antes de llegar: pero llegaste.

Das la espalda y reanudas tu caminar, has roto con el cordón umbilical que te ataba a tu madre la mar, se ha quebrado el lazo que te unía a la divinidad. La paz es absoluta.

A lo lejos se ven las luces de la ciudad y percibes el violento palpitar de la urbe.

Dedicatoria: Para un ser cuyo amor cubre la conciencia de todas las cosas.
. . .

Todos los Derechos de Autor son de: Luis Guillermo Zuleta Vega.
Producido por “Pasajeros del Horror” Lima; Octubre del 2,005.

Nota.- A mediados del año 1983, se inició un proyecto municipal para unir la playa la “Herradura” con una playa vecina llamada “La Chira”. Para esto se tuvo que se hacer una pista al pie de los acantilados, para lo cual se empleó dinamita, arruinándose así la belleza escénica del lugar, en la actualidad casi ya no existe.

 

Peru Longboard / Edición Dos 2006
contacto@perulongboard.com / (511) 2415130 / (511) 9823*9471
Lima - Perú